sábado, 28 de mayo de 2011

DALLOL-DANAKIL. REPORTAJE DE JESUS AMUNARRIZ Y S.CHAMORRO















Volamos en parapente sobre el Dallol, en la depresión del Danakil, en Etiopía, uno de los lugares más calurosos del planeta.

Desde el aire, el cráter del Dallol se antoja un inmenso caleidoscopio construido con extrañas piscinas salinas entrelazadas por formaciones rocosas pardas o blancuzcas.

En cualquier caso, los colores dominan la escena. En ese marasmo de manantiales de azufre y agua, fumarolas y champiñones calcáreos, restallan a esta primera hora de la mañana las tonalidades amarillas, naranjas, verdes y ocres que conforman su espejo. Hacia el oeste de este volcán hundido - pues de eso se trata - unas formaciones rocosas reflejan de forma casi exacta el relieve de una ciudad formidable y dormida, con sus altos muros y torres de defensa apuntando al cielo, en medio de un panorama devastado.
Rodea este paisaje digno de Venus la inmensidad del desierto del Danakil, blanco por la sal y pardo también en algunos puntos por la grava y por las coladas de lava que salpican su superficie.

Una superficie que una vez estuvo bajo el nivel del mar, y que volverá a hundirse en un tiempo quizás no demasiado lejano en términos geológicos - unos diez millones de años -, en un cataclismo tectónico que desmenuzará esta parte de Africa, reenviando la tierra al fondo del océano.

Tal vez las eras geológicas queden a desmano de nuestra humana capacidad de aprehensión, pero en esta estrecha franja africana de la depresión del Danakil, que serpentea desde el norte, en la costa de Eritrea, hasta Djibouti, pasando por la esquina oriental de Etiopía; y que más al sur conforma la Gran Falla del Rift africano, que muere en Mozambique, se han sucedido y se suceden en la actualidad los movimientos telúricos más rugientes, resultando por tanto un campo de estudio fascinante para intentar comprender el rumbo de los continentes y el pulso de la tierra.



Ahora mismo, a escasos tres kilómetros de profundidad de la superficie de este desierto que se extiende inmenso a nuestros pies y delante de nuestras narices, el magma se dilata y bulle, reenviando a la superficie toneladas de a
gua y de sal que luego han de cristalizar en infinidad de formas: algunas mínimas y delicadas como crisálidas, o enormes, como termiteros de piedra y humo.

Lo cierto es que, a pesar de ser un desierto, algunas veces al año este territorio baldío se ve anegado por el agua, no sólo la que arroja la lluvia intermitente y de escasa fuerza que cae entre Abril y Mayo, o, a veces, entre los meses de Octubre y Marzo, sino, sobre todo, la que proviene de las avenidas que se precipitan desde las tierras altas de la región del Tigray etíope en época de lluvias y que acaba filtrándose en este último escalón de grava y sal, donde al final acaba estallando al contacto con los ríos de lava subterránea.

Hacia el sur, en un horizonte que se extiende a unos trece kilómetros de nuestro punto de vuelo sobre el Dallol, la línea luminosa del lago Asalé enmarca con más rigor la división entre el cielo y el desierto. Luego está la calima, que funde en otros puntos ese horizonte con el espejismo del lago.






















LAS CARAVANAS DE LA SAL


En este momento, muy cerca de ese horizonte de espejismos que es el lago Asalé – también llamado Regué y lago Karúm por los comerciantes de sal – los trabajadores afar se afanan, junto a miembros de la tribu tigré, en extraer la sal del suelo. Han llegado hasta allí dirigiendo enormes caravanas de cientos de dromedarios y
asnos, que luego cargarán con tabletas de sal de unos seis o siete kilos y de un tamaño aproximado de un listín de teléfonos cada una.

Aunque las mulas no pueden portar esa cantidad, cada camello cargará unos treinta bloques, o lo que viene a ser lo mismo, doscientos kilos de sal, que luego será vendida en los pueblos de las lejanas tierras altas, como Sembete, Mekele o Lalibela .

Antes de llegar al área del lago, las caravanas se concentran en la población de Hamed Ela, a medio camino entre las tierras altas de Tigray, a más de dos mil metros de altitud, y el campamento de pernocta de Berehale - apenas unas exiguas cabañas hechas de ramas, troncos trenzados y esteras fabricadas con hojas de palmera - situado a unos cinco kilómetros del lago y de la zona de extracción, a ciento veinte metros bajo el nivel del mar.

Van llegando desde las tierras altas hasta Hamed Ela en recuas de unos doce o quince animales. A partir de allí se van agrupando los grupos de camellos y mulas, con sus pastores, en largas caravanas mientras descienden los últimos kilómetros de la escarpa que se proyecta sobre la inmensa planicie de la gran depresión del Danakil.

Berehale es la última etapa, el definitivo punto de encuentro y descanso diario. Desde allí partirán cada amanecer hacia los yacimientos de sal situados en los alrededores del lago Asalé.

La imagen entonces parece remontarnos a épocas que creíamos olvidadas. Es algo irreal en muchos sentidos: en un escenario desolado, yermo hasta la exageración y atravesando un territorio formado por un damero de millones de polígonos de sal, como un infinito tablero de ajedrez, cientos y cientos de camellos, en grupos inmediatos de quince o veinte animales, en la mayoría de los casos precedidos de mulas y asnos, son conducidos en fila india por los camelleros afar o los cristianos tigré, quienes portan sus bastones horizontalmente sobre sus hombros, tal como lo hacían los nómadas afar hace dos mil años en ese mismo lugar.

Al acabar el día retornan cargados con los bloques de sal, formando nuevamente una larga hilera que se pierde en el horizonte e igualmente precedidos por sus pastores, los trabajadores afar y tigré: hieráticos y altivos a pesar de la dureza de una jornada de trabajo en el mismo infierno.


Aunque algunos descansarán en Berehale, muchos inician el regreso hacia las tierras altas ese mismo anochecer, cruzándose continuamente con las nuevas caravanas y con los trabajadores que habrán de sustituirlos en los días siguientes.

Algunas fuentes estiman que la ruta camellera que pasa por Hamed Ela es atravesada por cerca de un millón de camellos al año. Puede parecer una cifra descabellada, pero lo cierto es que ese es el camino obligado para llegar hasta el lago; y a lo largo de los cinco o seis meses al año que dura la actividad, aquello es un trasiego interminable de animales, trabajadores y comerciantes, con miles de camellos cruzando los desfiladeros cada día en ambos sentidos.


































EL ORGULLO AFAR

El pueblo Afar es orgulloso, defiende además con arrojo el tesoro de la sal, del que se sienten custodios y dueños, aunque luego se asocien con los tigré de las tierras altas para su explotación.

Todo aquel que desee comerciar con la sal o explotar sus yacimientos está obligado a abonar las tasas correspondientes. Y todo aquel extranjero que desee visitar la región está obligado igualmente a solicitar los permisos necesarios, algo que hicimos nosotros en Hamed Ela.


Más tarde, al llegar a Berehale, fuimos recibidos por el comité de recepción afar, quien se encargó de organizar nuestra acampada, señalándonos dónde debíamos hacerlo y disponiendo para ello de unos camastros al aire libre al lado de una de las desvencijadas cabañas.

No hay lugar para la improvisación en el infierno del Danakil; no sólo ha de preverse la logística suficiente para sobrevivir en uno de los lugares más inhóspitos de la Tierra, lo cual incluye la suficiente reserva de comida, combustible y agua para no tener problemas, sino que además ha de contarse con el permiso del gobierno afar, ya que su territorio es una región semiautónoma en Etiopía, correspondiendo por tanto a ellos gestionar sus recursos, las visitas o el comercio de la sal y la explotación de sus yacimientos.

Una vez realizados todos los trámites necesarios para conseguir el salvoconducto– con el correspondiente pago de las tasas exigidas-, la autoridad afar provee además guías – obligatorios y no cuestionados – que ayudarán a que todo marche como es debido.
El gobierno etíope, por su parte, tiene avanzados por la zona destacamentos militares que garantizan la protección, necesaria debido a la cercanía con la frontera eritrea y la existencia de rebeldes o facciones afar separatistas.


En el mes de marzo del año 2007, la ministra británica de Exteriores, Margaret Beckett, confirmó a los medios de comunicación que cinco ciudadanos de ese país, empleados de la embajada de Gran Bretaña en Addis Abeba, habían sido secuestrados en el desierto que se extendía al noreste de Etiopía.

El lugar del secuestro fue exactamente el centro de Berehale, y ocurrió un anochecer, mientras los británicos descansaban comodamente sentados en sus sillas de campaña, muy probablemente disfrutando de un reconfortante té después de una agradable cena bajo las estrellas.

El acto fue atribuido al Ugugumo, un grupo de rebeldes afar que pretende recuperar el territorio perdido por
ese pueblo en los años noventa, cuando Eritrea derrotó a Etiopía en la guerra que supuso la proclamación de su independencia.

Felizmente, los británicos fueron liberados en un breve plazo de tiempo, pero algunos de los afar que los acompañaban en aquel momento fueron trasladados a un campamento militar en Eritrea, al otro lado de la frontera, donde estuvieron retenidos varias semanas.











Mohamed, uno de los cabecillas afar que se había encargado de dirigir y organizar nuestra acampada en Berehale, era uno de los secuestrados junto a los ingleses. Tras su liberación – tal como nos había contado en un viaje anterior al Danakil -fue recibido por el presidente de la nación etíope, siendo objeto de agasajos y homenajes.

Hamed, sin lugar a dudas, es un hombre valeroso, nada en su aspecto denota que aquella experiencia le hubiese afectado de forma negativa. Su gesto y su pose son tranquilos, el reflejo de un espíritu sereno.
Cuando nos relató su experiencia, lo hizo incluso con un deje de orgullo, resaltando la recepción posterior a su liberación y sin mostrar el menor rencor u odio hacia sus captores.

Los afar son además un pueblo valeroso, incluso tachado de cruel, según relataban las primeras crónicas de los extranjeros que se aventuraron por su territorio. Es además, teniendo en cuenta la dureza del lugar que habitan, un pueblo eminentemente práctico.

Uno de los últimos grandes viajeros, Wilfred Thesiger, conquistador del desierto, cazador de leones y, quizás, el postrer exponente de un estilo victoriano de exploración (era nieto de un general inglés que peleó en la gran guerra contra los zulúes y biznieto de un virrey), visitó el Danakil en el primer tercio del siglo XX. Allí conoció de cerca a un jefe Danakil que le explicó cómo había castrado a cinco enemigos, luciendo sus genitales como un trofeo de caza.


Aunque esa costumbre se mantuvo hasta aquellos años treinta, por suerte cayó en desuso, aunque sospecho que Mohamed no necesita los atributos de otras personas para demostrar su valor: le basta y le sobra con los suyos.


Cuando visité la zona por primera vez, hace unos años, era la época seca, el verano europeo. El Gara, el ardiente viento del desierto (el viento de fuego) soplaba al atardecer de forma inclemente, casi imposible de soportar.
Había visitado junto a varios amigos durante el día el cráter del Dallol, y nos quedamos sorprendidos al ver a la vuelta, incluso en aquella época, a varios afar trabajando en los yacimientos de sal, bajo un sol atroz.

Mohamed nos atendió solícito durante todo el día, y los pocos afar que restaban en el campamento de Berehale nos brindaron sus chozas para resguardarnos del Gara infernal. Más tarde, descansábamos comodamente sentados en unas sillas de campaña dispuestas por nuestros anfitriones para nosotros, tras cenar bajo las estrellas.

El sentido práctico de los afar y su flemática serenidad ante los avatares de la vida se manifestaron entonces en toda su dimensión. Al dejar el campamento, nos cobraron el alquiler de las sillas y mesas de campaña, así como el uso de una bombona de gas, que los británicos secuestrados habían dejado abandonados cinco meses antes y que jamás habían reclamado.

EL FIN DE LOS CICLOS

A nuestros pies, muy cerca del perímetro del cráter del Dallol, todavía pueden verse los restos del último asentamiento minero que explotaba la silvina, un mineral compuesto de cloruro de potasio. Tuvo su máximo apogeo justo antes de la primera guerra mundial, e incluso llegó a estar conectado por ferrocarril al puerto marítimo de Mersa Fatma, en la actual Eritrea.

Nada de eso existe ahora, las vías del tren fueron desmanteladas por los británicos después de la segunda guerra mundial, y la explotación fue decreciendo progresivamente hasta que, en 1965, el asentamiento fue abandonado permanentemente.

Vemos los restos de las construcciones, blanqueándose al sol como osamentas, desmenuzándose poco a poco, y también los restos oxidados de depósitos metálicos y chatarra olvidada.

El desierto devora lo que le estorba y restaña cada año las heridas que le produce la explotación de la sal. Cada nueva temporada los afar reinician la morosa tarea de extraer nuevos bloques de sal, pero para entonces las cicatrices de extracciones anteriores ya han sido borradas por el viento, las avenidas de agua y el propio movimiento surgido de las profundidades de la tierra.

Apenas se ve una pequeña zona desgarrada por el hombre en la piel del Danakil, y eso a pesar de que son muchos los siglos de explotación, despegando y picando la corteza de sal del desierto. Una corteza que muchas veces alcanza kilómetros de profundidad.

Aunque la explotación pueda parecer infinita, llegará el día en que el ciclo se renueve. Y entonces no será un leve destello de volcanes en erupción el que incendie el Danakil, como hizo el propio Dallol en el año 1926, o sigue haciendo el volcán Erta Alé en la actualidad apenas unos kilómetros más al sur.

El desierto se hundirá un día bajo los movimientos de placas tectónicas y el mar rojo o cualquier océano recuperará su lugar, reiniciándose entonces la sedimentación de la sal en su lecho y aliviando a este lugar del calor del sol y de sus fluidos en ebullición.


Para entonces las caravanas no serán ni la sombra de un recuerdo; las explotaciones de sal y minerales se habrán sucedido una detrás de otra y se habrán cerrado del mismo modo, y los restos de sus maquinarias serán pura sal; e incluso las carreteras chinas que ahora mismo se encuentran en fase de construcción, al sur del lago Afrera, ni siquiera serán una cicatriz en la superficie del desierto.

Mientras volamos sobre el cráter del Dallol decidimos apagar el motor de la hélice; entonces sentimos el silencio y el infinito. No cuesta mucho en ese momento visualizar o al menos intuir el cambio, sustituyendo los colores del Dallol por el azul del mar y la sal que lo rodea por su espuma.

Falta mucho para eso, claro, aunque sospecho que no hay un lugar en el mundo donde el futuro esté escrito con letras tan claras.

1 comentario:

David C. dijo...

que impresionantes fotos.